Amor al saber.
Si a ese escaso aprecio por el saber añadimos un
extendido hedonismo que valora mucho el bienestar material y poco el
esfuerzo, no es de extrañar que los jóvenes esquiven no sólo las
carreras de ciencias sino también otras opciones muy exigentes como –lo
acabaremos viendo– los estudios de ingeniería o de medicina.
Nunca se resaltará lo suficiente que la ciencia básica
es un engranaje esencial de ese círculo virtuoso sobre el que se asienta
una civilización que progresa: La ciencia genera la técnica y ésta,
junto con la economía y el derecho, crea la riqueza. El bienestar
alcanzado permite el cultivo de la expresión artística y del pensamiento
especulativo, que en su variante más analítica alimenta la ciencia.
Cuando, por un pragmatismo miope o por una pedantería ilustrada, se
abandona la ciencia fundamental –la que busca el conocimiento por sí
mismo– se está minando el progreso económico y cultural de las
generaciones futuras.
Debemos inculcar en nuestros jóvenes el amor al saber, la valoración del esfuerzo y el aprecio por una vida con metas altas.

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